Desde finales del siglo pasado, las cadenas de suministro globales se han construido bajo un supuesto fundamental: estabilidad geopolítica y libre circulación de mercancías a nivel global. Este modelo ha permitido focalizarse en la optimización de costes mediante deslocalización productiva y sistemas logísticos altamente eficientes basados en modelos de eficiencia. El coste era el principal (y a veces el único) driver que movía la estrategia a la hora de diseñar una cadena de suministro.
Sin embargo, esta eficiencia ha creado al mismo tiempo una elevada vulnerabilidad estructural. Cuando aparecen tensiones geopolíticas o conflictos armados, las cadenas de suministro globales sufren disrupciones que se transmiten rápidamente a lo largo de todo el sistema económico.
Las guerras actuales (Ucrania y Oriente Medio) constituyen ejemplos claros de cómo los conflictos geopolíticos pueden alterar profundamente las cadenas de suministro. Estas disrupciones se producen tanto a nivel internacional, con bloqueos comerciales y alteraciones de corredores estratégicos, como a nivel local, donde estamos viendo el impacto en aumentos de costes del petróleo y todos sus derivados y, con ello, un aumento generalizado de precios.
Cuando un conflicto afecta a una zona estratégica, las rutas comerciales deben modificarse rápidamente. En el caso de las tensiones relacionadas con Irán, el estrecho de Ormuz es uno de los puntos críticos del comercio mundial. Aproximadamente una quinta parte del petróleo global atraviesa este estrecho. Cualquier amenaza militar en esta zona genera un aumento inmediato del riesgo para las navieras y las aseguradoras marítimas.
Un segundo impacto fundamental de los conflictos aparece en el suministro global de materias primas. Muchas industrias dependen de regiones geográficas específicas para obtener determinados recursos y, en el caso de la guerra de Ucrania, todos conocemos el impacto que tuvo en los precios del trigo, el maíz o el aceite de girasol, entre otros, materias primas clave para muchas empresas de nuestro entorno. Cuando estas exportaciones se interrumpen, el impacto se extiende rápidamente a escala global. Los países importadores deben buscar proveedores alternativos, lo que provoca aumentos de precios y volatilidad en los mercados agrícolas.
La frecuencia creciente de tensiones geopolíticas está obligando a las empresas a replantear sus estrategias de cadena de suministro. Durante décadas, el objetivo principal fue maximizar la eficiencia de costes. Sin embargo, la acumulación de crisis (COVID, guerras, guerras arancelarias…) ha puesto de manifiesto que la resiliencia de la cadena de suministro es tan importante como la eficiencia. Y ello nos lleva a un replanteamiento completo de las estrategias en la gestión de las cadenas de suministro, pasando a:
- No depender de un único proveedor lejano, teniendo varios y en diferentes regiones (diversificación).
- Aumentar los inventarios estratégicos, descartando modelos anteriores de just in time para pasar a disponer de stock de seguridad de componentes críticos.
- Tener mayor visibilidad de toda la cadena de suministro, no solo de los proveedores de primer nivel, sino de todos aquellos que pueden tener un impacto relevante en el abastecimiento o la entrega.
- Incorporar el riesgo en el propio diseño de la cadena de suministro y no como una reacción a una crisis.
- Contar con redes logísticas flexibles, capaces de cambiar rutas, proveedores o medios de transporte con rapidez.
- Incluir escenarios geopolíticos a la hora de realizar la planificación estratégica de la cadena de suministro.
Conclusión
Nos estamos empezando a acostumbrar a convivir con disrupciones continuas: Brexit, COVID, Ucrania, aranceles, guerras… Los conflictos recientes muestran que las disrupciones geopolíticas no son eventos excepcionales, sino riesgos estructurales del sistema económico global.
Por tanto, la gestión de la cadena de suministro debe abandonar, o como mínimo adaptarse, para evolucionar desde un enfoque centrado exclusivamente en la eficiencia y el coste hacia un modelo que integre resiliencia, flexibilidad y gestión del riesgo, incorporando la geopolítica como factor clave en la planificación.
Esto no significa que el coste y la eficiencia dejen de ser factores importantes y determinantes a la hora de diseñar una cadena de suministro, porque siempre lo serán. Significa que debemos integrar de una manera muy relevante la flexibilidad y la resiliencia como factores clave e igual de importantes.
El principal aprendizaje es que las cadenas de suministro del futuro deberán equilibrar eficiencia y resiliencia. Para ello, las empresas deberán diversificar proveedores, regionalizar parte de su producción, rediseñar sus redes logísticas y mejorar la visibilidad de sus proveedores.
En un mundo con una incertidumbre geopolítica cada vez mayor, la capacidad de anticipar riesgos y adaptarse rápidamente será una de las competencias clave de los gestores de supply chain en las próximas décadas.
Y todo esto es lo que enseñamos en el Máster en Dirección de Logística, Transporte y Cadena de Suministro (LOCS) de ESIC, donde seguimos profundizando en los conceptos clave transversales de la cadena de suministro y su impacto en todas las áreas de la empresa, al tiempo que ponemos el foco en que nuestros alumnos apliquen nuevas técnicas que permitan que sus empresas estén mejor adaptadas a estas turbulencias, que han dejado de ser algo extraordinario para convertirse en una realidad cada vez más frecuente para la que hay que estar preparados.
En definitiva, las cadenas de suministro del futuro no serán necesariamente más simples, pero sí deberán ser más inteligentes. Aquellas empresas que consigan combinar eficiencia con flexibilidad, y coste con resiliencia, estarán mejor posicionadas para competir en un entorno cada vez más complejo e incierto.